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Para ser alguien

Por: Junio 25, 2012Sociedad

El conocimiento logosófico edifica en los seres humanos una nueva concepción de la vida y el Universo, mientras destruye lo falso, lo ficticio y elimina lo superfluo. Tiene la virtud de levantar el espíritu y estimular la voluntad, que no siempre se mantiene a la altura del esfuerzo que requiere el trabajo, por demás importante, que ha de realizarse en la vida interna.

Existe un interrogante que se ha hecho presente en el mundo entero para acicatear al ser humano en el curso de sus días. Es éste: ¿Por qué soy tan poca cosa que para los demás es como si no existiera? Y tal interrogante se convierte a la vez en una aspiración, que muchos sienten y muy pocos entienden: ser alguien.

Todos, y en todas partes del mundo, tienen esta aspiración, lo que bien claro indica que cada ser siente la necesidad de aventajarse a sí mismo en sus actuaciones habituales. Pero querer ser alguien no es lo que comúnmente se cree. En el mundo corriente, por lo general, el hombre aspira a ello con propósitos mezquinos y egoístas, ya para provocar envidia, ya admiración, ya para ser tenido en cuenta obligadamente por los que le consideran alguien, reservándose para sí el derecho de acceder o no a los requerimientos de los que, según él, no son nada. Se comienza casi siempre buscando ser alguien en los diversos campos de la actividad humana, sea en las profesiones, en la ciencia, el arte, la política, el comercio, la industria, o en cualesquiera de las formas en que el hombre pueda revestirse de alguna autoridad frente a los demás. Podría decirse que ésta es una aspiración unánime ; sin excepción. Pensando ser alguien se estudia, se trabaja o se pone esmero en mejorar las condiciones personales.

Pero esto es muy pobre visto desde su verdadero enfoque y determinado lo que representa ser alguien. En realidad, tal vocación requiere que se construya sobre una base cuyos cimientos sean sólidos. Conocer cada uno de los errores y deficiencias que pueden impedir su logro, a fin de corregirlos: he aquí una de las cosas que con más empeño deben practicarse. Es necesario comprender que para ser alguien, indefectiblemente habrá que dejar de ser lo que se es : un ser, pongamos por caso, con pocas condiciones o sin ellas, sin mayor capacidad, sin perspectivas en la vida, que vaga por el mundo como una sombra en la que nadie repara. El que es alguien, es visto por todos aun a pesar de suyo; empero, muchas veces sucede que aun tratándose de un ser de grandes condiciones, cada uno de los que le miran lo ve a su manera, es decir, a través de los propios errores, defectos y de los diferentes pensamientos que pueblan su mente. Por ello, quien quiere ser alguien debe preocuparse por ser verdadero en todo de manera que nada de cuanto señalamos pueda afectarle; que su palabra sea siempre constructiva, que sus actuaciones y conducta merezcan siempre el respeto de sus semejantes, ya que en ellos se edifica el concepto que su persona o su vida debe merecer y que es el que ha de resguardarlo de todo ataque.

Y no es cuestión de buscar ser alguien por un tiempo breve, por ejemplo, aunque de ese tiempo dependa la vida; es necesario serlo siempre, como lo son aquellos que habiendo dejado de existir físicamente, siguen viviendo en el recuerdo de todos a través de los siglos. Esta enseñanza debe guiar hacia la comprensión de la importancia que reviste la superación individual, y a la vez llevar a comprender sin engañarse, lo que cada uno es, para poder conocer así, mediante el constante cultivo de los conocimientos, qué es lo que en verdad se quiere llegar a ser.

Ahora bien; para ser alguien, dijimos, habrá que sustituir imperiosamente al que no es nada; vale decir, corregir las deficiencias, los defectos, los errores, ya que manteniéndolos existirán grandes impedimentos para alcanzar el propósito anhelado. De qué habrán de servir los esfuerzos y las energías que se emplean en la vida diaria, si no existe una orientación bien definida hacia lo que constituye, o si olvidando formar en sí mismo lo que se anhela, se pone la preocupación en cosas que no han de cimentar esa base donde el nuevo ser ha de tener su pedestal.

A diario se observa el constante empeño de unos y otros por ser más, pero no por ser ese alguien a que nos estamos refiriendo. Ser más significa en la vida corriente poseer algo más que lo que el resto posee, mas no en el aspecto integral del individuo, lo cual ya es materia de una preparación más elevada. Ser más en esto o en aquello conforma, sí, a la vanidad personal, mas no a la conciencia. Esta es la causa por la que el hombre siente muchas veces necesidad de reunirse con otros para efectuar en común una obra edificante, cuya realización, emprendida individualmente, resultaría penosa o imposible. Es la enseñanza de la Creación misma, que ha unido todas las cosas y los seres para que llenen su cometido en estrecha colaboración.

Nadie puede vivir aislado, desde que se anulará como ser normal en el conjunto de la vida de los semejantes. La constante relación con otros, el intercambio de pensamientos, la observación, que determina con frecuencia cambios importantes en la vida por lo que se extrae de ella, hacen que el ser prospere internamente estimulando con ello el anhelo y la voluntad de realizar el cometido propuesto. La fuerza de uno unida a la de los demás suma una fuerza mayor; el pensamiento de uno unido también al de los demás, cuando es de la misma índole, forma un gran pensamiento. Si no se tienen suficientes fuerzas para sobrellevar ese constante esfuerzo que la evolución consciente requiere, será menester recurrir a los pensamientos de aquellos que viven alentados por iguales propósitos. De esta manera, y extrayendo asimismo de cuanto hay en torno y se observa, parte de esa fuerza que no se tiene o se ha gastado, cada uno podrá fortalecer su espíritu conscientemente, e impulsado por esa fuerza le será posible seguir sin fatigarse, marchar sin detenerse y pensar sin temor.

De modo, pues, que es necesario llegar a comprender que ser alguien representa sobresalir de lo común, de lo vulgar; representa haber logrado una superioridad que no ha de ser motivo de vanidad sino de buena disposición del ánimo para ofrecer tan valioso concurso a los que no son nada; ésta será la verdadera superioridad, la que cimenta el buen concepto y coloca al hombre por encima de los demás.

Vamos a proyectar una imagen ilustrativa: tomemos dos seres de los cuales se piensa que son alguien. Acudimos a uno de ellos y encontramos su auspicio, su consejo y su palabra siempre dispuesta a brindar lo que se necesita. Recurrimos al otro y hallamos el frio de la indiferencia, el egoísmo. Dejemos ahora pasar un tiempo. ¿Qué es lo que habrá ocurrido al cabo de él? Que todos apreciarán al primero, le estimarán y considerarán de acuerdo a lo que es ; el segundo, en tanto, habrá desaparecido del recuerdo de cuantos le conocieron, para perderse en la penumbra de los que no son nada. El primero es el espíritu abierto, sin dobleces, que se brida generoso porque sabe que le necesitan, pero que también es justo, recto y severo en la medida de sus deberes y responsabilidades : reprime el abuso, frena la insensatez y da a cada uno lo que merece. A él siempre se recurre para beneficiarse con su palabra, con su saber, y aun con sus bienes o con lo que tenga. El segundo, que nada conoce de estas cosas, teme el saqueo mental de los que le van a ver y guarda sus pensamientos, sus palabras, sus bienes, y todo cuanto pueda tener. Al poco tiempo no le visitará nadie. Tenemos así al alguien que perdura y perdurará a través del tiempo, desde que su solo recuerdo ya es un bien para quien le tiene presente; y tenemos también al otro alguien, que se esfuma entre el humo de la vanidad.

Continuemos con otros aspectos sugeridos por el tema que nos ocupa. En el mundo todos trabajan, se esfuerzan, cumplen con sus deberes, pero, en su mayoría, lo hacen como una obligación que contraría su voluntad. Y así pasan los días de su existencia sin cumplir el fin primordial de la misma. Sin embargo, aquel que ha concebido la vida como algo muy superior a lo que ella es en el concepto general, trata de crear necesidades internas que lo impulsen a realizar más y más, hasta donde alcance su capacidad de realización. No cumple sus deberes por obligación, pues ha llegado a sobrepasar esa limitación; ni siquiera pesan éstos en su mente a modo de preocupación, como en los demás; ha ido más allá; se ha liberado del fin común de los seres, para alcanzar otro mucho más alto y más grande; abre cada vez nuevas brechas en el mundo de los pensamientos y hacia allí dirige su esfuerzo, inteligentemente, para captar las señales que han de conducirle a conocimientos mayores. Y es aquí cuando el hombre, al comprender lo que puede abarcar su mente, al lograr que su inteligencia le ilumine cada día con más esplendor, experimenta la sensación de ser en verdad algo más que sus semejantes, de ser alguien como entidad real, cuya existencia tiene un significado. Posee ya el dominio sobre las cosas, del cual carece la generalidad; es dueño de su mente, de sus pensamientos y de sus palabras; sabe conducir su espíritu a través de todos los obstáculos; sabe curarse cuantas veces es herido por la maldad de los que tienen en sus mentes perversos pensamientos, y así es como logra inmunizarse contra las corrientes del mal, mientras conduce por doquier las del bien.

La presencia de un ser así infunde ánimo, confianza, seguridad y serenidad en cuantos le rodean, cuyas mentes casi siempre están expuestas a las mil alternativas que sobrevienen imprevistamente en la lucha diaria, de lo cual deriva la mareada inestabilidad de los pensamientos del hombre, quien a menudo debe precaverse de ellos para evitar los serios disgustos que suelen ocasionarle cuando no logra detenerlos a tiempo.

Aquel que llega a ser dueño de sus palabras; que llega a respetarlas, a tener conciencia de que son verdaderas, conoce asimismo el contenido de las palabras de los demás, y sabe también respetarlas si éstas son sinceras y elevadas.

Nadie podría negar que al lado de quien enseña no se aprende, y si esto es una gran verdad, tampoco podría negarse que al lado de quien inspira confianza, hasta el más desconfiado inclina su cabeza y siente la fuerza de esa confianza; y de seguro que si mantiene con él asiduo contacto, terminará por llenarse a sí mismo de confianza, porque frente a su volubilidad, a su inestabilidad, a su desequilibrio, estará lo firme, lo inalterable; que modificará inevitablemente, lo edificado en el error. Cuando esto acontece, nace la confianza mutua; se produce la identificación de los espíritus por la unidad en el sentir y en el pensar, por la demostración constante de la firmeza inalterable en la conducta impuesta como ley para la vida.

Las substancias afines se atraen y las que no, se repelen; he ahí un axioma que es ley en química. Aplicado a los seres humanos quiere decir que éstos se unen sólo por vibración simpática, por atracción de sus similares modalidades, pensamientos o aspiraciones, y que la fuerza de quien sabe ir puede, influye decisivamente sobre la impotencia del que, pese a ello, responde con su sentir a esa fuerza. Tal reflexión, que advierte sobre la conveniencia de buscar la proximidad de quien pueda auspiciar las buenas aspiraciones, conviene no olvidarla, ya que todos en el mundo, como hemos dicho antes, anhelan, han anhelado y seguirán anhelando ser alguien, pero, se entiende, ese alguien debe ser verdadero, un alguien que no cambie de fisonomía como el que no lo es, o que si hubiese llegado a ser lo que quería ser, no deje de serlo volviendo a lo que antes era, significando con ello que cuando un propósito ha determinado a una persona a realizar un fin, éste debe ser cumplido y nunca dejado trunco, pues sería lo mismo que querer vivir una vida y troncharla en la mitad de la edad.

Si contra algo debe el hombre luchar decididamente, es contra todo pensamiento que pretenda interponerse a los propósitos de bien que persignen una aspiración; la palabra que se pronuncia internamente no debe ser jamás desvirtuada, porque es la palabra del sentir, de la conciencia; la palabra de la vida misma que reclama para sí la gloria de ser mejor.

En la vida humana se ha observado que los seres viven en constante confusión y contradicción consigo mismos: niegan lo que dijeron ayer; afirman lo que negaron el día anterior; dicen hoy lo que negarán mañana, o aun mitos de que llegue ese día. Más valdría no hablar, si lo que se dirá habrá de ser negado al advertir el error o la no conveniencia de mantener lo dicho. Cuando no hay firmeza en la palabra, todo lo que se es resulta falso: se es un ente humano, sí, por la figura, por el organismo, pero no por lo que en realidad constituye la esencia de la vida. El ser íntegro, el ser verdadero, es el que ha logrado quitar de su persona lo que es falso, lo que es ficticio y voluble, lo que atenta contra la propia integridad personal.

Es timbre de honor, gracia que nadie podrá arrancar, por más que a ello se dispusiese quien lo hubiese logrado, poder ser dueño absoluta de la palabra y hacer que se la reconozca como inalterable, como inmodificable, así fuese dicha en cualquier época, en cualquier momento o circunstancia, pues esa palabra es la que hace al ser veraz, la que le descubre ante los demás como a alguien que no ha tenido nunca necesidad de modificar ni la palabra ni su contenido.

Quien es alguien no utiliza las palabras para destruir lo que es bueno o hacer mal uso de ellas, porque sabe que se destruye a sí mismo. De ahí nace la primera sensación de conciencia, pues implica el conocimiento de los deberes internos para consigo, para con los semejantes, para con la humanidad. Empieza por respetarse, respetando la propia palabra, haciendo que ésta jamás salga de sus labios para herir a nadie, y en consecuencia, no le hiera tampoco a sí mismo. Todas las palabras contienen el bien cuando quien las pronuncia ha establecido en su conciencia los cimientos del bien.

Y así, mientras las vidas enaltecidas por las grandes realizaciones del espíritu adquieren fuerza y se extienden a través de las generaciones y del tiempo, las otras, las que llevaron los seres volubles, inseguros de sus pasos, que cambiaron constantemente sus palabras, que las negaron y se contradijeron, que juraron hoy y perjuraron mañana, ésas se desintegran como consecuencia de la destrucción continua que siempre hicieron de sí mismos.

Cuanto antecede puede dar la pauta del valor que tiene la palabra para la vida del ser humano. Propiciar en la conciencia la virtud de que ellas lleven siempre el sello característico de la legitimidad; he aquí una conquista que es necesario alcanzar. Si se piensa que por sostener una palabra muchos han llegado hasta el sacrificio máximo, no resultará difícil comprender la importancia vital que ésta tiene para la conducción de la vida y para lograr lo que uno se hubiese propuesto como fin primordial de su existencia.

A objeto de que nadie se engañe, de que no se derrochen fuerzas y energías, hemos de advertir que debe tenerse bien presente que no es posible desentenderse de las palabras que se pronuncian. No han de ser éstas, pues, expresadas nunca porque sí, como si nada tuvieran que ver con quien las pronuncia, pensando que una vez dichas se pierden o se olvidan. Las palabras tienen sus leyes, y éstas son, como todas las leyes de la Creación, inexorables.

Ser fiel a las palabras es ser fiel a la propia naturaleza que les infundió la vida. Quien las destruye –ya dijimos– se destruye a sí mismo; quien cuida de ellas, se agranda frente a los demás y agranda así su existencia.

La palabra ha sido dada al hombre para entenderse con sus semejantes, pero es también el agente de la propia vida que lo representa y hace que exista en la mente de ellos.

No hay que apresurar nunca la palabra hablada, para poder dar tiempo a que la reflexión controle su contenido. Ello ha sido y es la causa de los mayores infortunios del ser humano; lo que produce toda especie de reacciones. Y esto ocurre por ignorarse que la palabra crea responsabilidades y obligaciones. Si se estudia la historia de la humanidad, se verá el cúmulo enorme de episodios en los que la palabra fué motivo de discordia, desgracia y tragedia.

El que es veraz en sus palabras, lo es en todo, pues la palabra, siendo fruto de uno mismo, expresa lo que se siente, lo que ha sido dictado por la voluntad, y, por tanto, no requerirá ser modificada. Pero para ello hay que estar atento a todo, hay que observar mucho, hay que estudiar; se requiere cultivar cuanto de bueno haya dentro de uno, aumentar todas las posibilidades que puedan tener las condiciones personales ; sentir la más absoluta seguridad de ser verdaderamente dueño de la palabra que los labios emitieron, lo cual significa en síntesis, ser consciente. Entonces es cuando se experimenta la sensación de ser en verdad alguien entre los semejantes, la sensación de existir en lo real y de ser alentado por la verdad misma, pues ésta es la repercusión que tiene en el ser la palabra cuando ella es la fiel expresión del sentimiento propio y de los dictados de la conciencia.