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Hay que matar al dictador

Cada ser, desde que balbucea las primeras palabras y pone de manifiesto sus deseos, muestra con meridiana claridad la presencia, dentro de sí, de un dictador que se empeña en imponer su voluntad, pretendiendo a la vez, y como consecuencia de tan antojadiza inclinación, que todos le hagan el gusto, es decir –para no andar con rodeos–, le obedezcan.

Ese dictador, cuyo nombre es la soberbia embebida de amor propio, es el que más infortunios causa al hombre, pues la intemperancia, la violencia y la intransigencia, es trilogía inseparable de quien lleva dentro de sí al que pretende imponer a los demás su voluntad. Cuando es virtualmente desplazado de su trono, el ser recibe de inmediato los beneficios de la indulgencia, la razonabilidad y la comprensión. Recién comienza a darse cuenta de que la convivencia humana exige una mutua tolerancia y una consideración que haga digna la conducta común.

No obstante, todos habrán de convenir en que es muy difícil matar a ese implacable dictador que aparece inesperadamente, siempre que la oportunidad se presenta, para ejercer las funciones de tal. Por lo general, acontece que se encuentran frente a frente varios dictadores, y en este caso es curioso observar los cambios de actitud que experimentan unos y otros. Como consecuencia, muchos prefieren adoptar luego una conducta más en concordancia con las buenas maneras y las reglas de una educación exenta de objeciones.

Matar al dictador que cada uno lleva consigo no es tarea fácil, pero, de lograrlo, ello significará toda una liberación y hasta se experimentará la sensación de que un mundo nuevo se abre ante sí.

Nada hay que afecte más sensiblemente el complejo mental y psicológico del ser, que los impulsos irreflexivos y las arbitrariedades del temperamento.

La finalidad de la existencia debe constituir para el hombre su mayor preocupación. Y siendo así, la sensatez advierte que todo proceder correcto, noble y amplio, ha de inspirar simpatía y confianza, mientras que toda postura antojadiza, autoritaria e intransigente, conspirará contra la propia personalidad.