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Concepción logosófica de las palabras: Acepción del vocablo SENSIBILIDAD

Sensibilidad — Facultad de sentir, propia de los seres animados. – Propensión natural del hombre a dejarse llevar de los afectos de la compasión, humanidad y ternura.  Psicol: Facultad de sentir. Facultad del conocimiento sensible o facultad de la afección o sentimientos. – Facultad diferencial característica de la vida animal. La sensibilidad es una forma elemental de la conciencia, o la manera más sencilla de concebir una conciencia.

Todas las definiciones sobre la sensibilidad pueden reducirse a tres: La que estima la actividad sensitiva como las afecciones del agente psíquico, independientemente de toda noción de objeto o cualidad extramental. Las que asigna el papel de suministrar datos a la materia del conocimiento sensible, que toma carácter de conocimiento solamente por la intervención de la inteligencia. Facultad cognoscitiva encargada de informarnos sobre los objetos externos con entera independencia del entendimiento, facultad superior de conocimiento que actúa sobre las representaciones de origen sensorial. Esparsa-Calpe

Difícil resulta describir con palabras el contenido profundo del vocablo sensibilidad o, más exacto aún, lo que éste debe significar para la comprensión humana. Nosotros, al hacerlo, iremos directamente a su esencia y expondremos lo que ella debe representar para cada uno.

El complejo psicológico es diferente en todos los seres humanos, causa por la cual la sensibilidad no se manifiesta siempre de la misma manera, con la misma intensidad o reaccionando del mismo modo (Ver “Aquarius” 1934, No. 2, pág. 66). Digamos más; digamos que la sensibilidad se despierta y manifiesta con mayor volumen de plenitud en los seres más evolucionados. En éstos llega hasta a constituir una condición del espíritu, y, como tal, les permite experimentar o, si se quiere, sentir, la fuerza de una verdad como podría haberla percibido la razón. De ahí que muchas veces la sensibilidad suple a la razón y nos descubre cosas que ésta demora mucho en comprender. Es que mientras una actúa más con lo externo, la otra, la sensibilidad, recibe las impresiones y reacciona independientemente de aquélla, por afinidad, por indiferencia o por disentimiento. He aquí explicado uno de los tantos interrogantes que con frecuencia se presentan a la mente.

Cuando la sensibilidad acusa imperio sobre la razón, es porque los hechos conciernen a la primera y no a la segunda. Si ésta es la que quiere intervenir, puede hacerlo, mas con perjuicio de aquella, a la que irá esterilizando hasta hacerla insensible. La sensibilidad mueve las fibras más íntimas y suscita en el alma las reacciones más felices, que la razón no podría hacer experimentar. Esta verdad incuestionable nos descubre que la sensibilidad, actuando con independencia de la razón, puede producir en lo interno del ser efectos tan durables como los que provoca el discernimiento en su carácter de agente de la razón. Lo que establece la confusión es no saber colocarse en un perfecto equilibrio con respecto a las actividades que responden a estos dos centros polares que se unifican en la conciencia.

Algo irrefragable nos pone en la pista para alcanzar ese equilibrio: si los actos en que interviene directamente la sensibilidad con prescindencia de la razón, tienen plena anuencia de nuestro corazón y nos hacen experimentar un bien, una alegría grata a nuestro espíritu, una felicidad que fortalece nuestro ánimo, y además, no perjudican al semejante, la conciencia no tendrá nada que reprochar; no dando ésta signos que evidencien una desaprobación, la razón no podrá objetar, aunque no comprenda el porqué del hecho ni la trascendencia del bien contenido en el mismo.

En cambio, si pretendiéramos reservarnos en nuestro trato con los demás, el derecho de juzgar posteriormente y según nos conviniera, la actitud consumada por la propia sensibilidad en los casos en que por estimarlos más conveniente o exigirlo así las circunstancias hemos consentido la prescindencia de la razón, con plena aprobación de la conciencia, sería como juzgar con dos cartas o, en otras palabras, haber obrado hipócritamente. En tal caso, se habría hecho servir a la sensibilidad para un fin inconfesable, desvirtuando su contenido, desde que luego de experimentar una felicidad o un bien, se lo niega, tergiversando hechos y pervirtiendo sentidos.

La sensibilidad, para que sea y obre como tal, debe expresarse con la mayor pureza, candor y confianza. Cabe señalar aquí, que el hecho de actuar sólo la sensibilidad, no implica que el ser no piense ni reflexione sobre lo que ella le hace experimentar, pues muchas veces es tal la fuerza de expresión de ésta, que aventaja al pensamiento; y aún pueden existir casos en que lo contraríe, no dejando de ser esto lógico, desde que la razón no lograría captar la imagen de la causa o el porqué de aquello que la sensibilidad capta y trasmite por impresión a lo interno del ser.

El amor, como el afecto, puede decirse que es exclusivo de la sensibilidad; en ella es donde florece la simpatía y se arraiga la mistad. ¿Podría la razón intervenir en episodios de esta naturaleza, que, como hemos dicho, conciernen casi exclusivamente a la sensibilidad? ¿Se manifestaría el amor en los seres humanos sin intervención de la sensibilidad, confiando a la razón los dictados que únicamente emanan del corazón? ¿Podría la razón explicar las actitudes internas que se pronuncian obedeciendo a lo más hondo del sentir? Si ella impusiera sus términos en esta emergencia, el amor se tornaría frío, árido, y por cierto que las uniones por el amor, el afecto, la simpatía y la amistad, se producirían allá en la vejez, o quizá nunca.