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La verdad sobre la palabra poder

En la acepción corriente, y aceptada como sentido vulgar, se atribuye a esta palabra la prerrogativa de la dominación. Así, por ejemplo, al mencionarla se la asocia o conecta automáticamente con la idea de mando. En nuestro país se designa a las máximas autoridades con el nombre de Poder Ejecutivo, siendo también poderes el Legislativo y el Judicial, que aun cuando representan campos diferentes de dominación, sus facultades son limitadas o restringidas por el carácter casi absoluto del primero. Sigue logo el poder militar y el económico, ambos, como los últimos, bajo la égida del Ejecutivo. Y, finalmente, está el poder constituido por las fuerzas morales, al que se debe recurrir en última instancia, como lo hemos presenciado en las naciones que afrontaron la guerra actual, a propósito de haberse perdido en algunas de ellas los demás poderes, y en otras, haber sido éstos alarmantemente debilitados.

Queda expuesto, pues, el uso corriente de la palabra poder. Veamos ahora lo que el criterio común, individualmente consultado, manifiesta entender como aplicable a su propia conducta.

El estudioso e inteligente a la vez, percibe en su preparación los síntomas evidentes de su mejoramiento intelectual y moral, que lo habilitan para afrontar la vida, con incuestionables ventajas sobre aquellos que, reñidos con el estudio y de escasas luces mentales, se ven imposibilitados de actuar eficientemente y, en consecuencia, expuestos a malograr las posibilidades de triunfar en cuanta empresa se propongan. En el primer caso, el hombre siente que puede bastarse a sí mismo; que su capacidad le permite encarar con éxito la vida, y aun cuando ignore, no por ello es menos cierto que obra en sí un agente generador de potencia que, si bien en ínfima escala, suficiente a los efectos de que experimente la sensación de seguridad y confianza, sabiendo que puede realizar con las ventajas señaladas los propósitos que animan su espíritu. En el segundo, la impotencia es manifiesta: el hombre comprueba que no puede realizar lo que otros realizan,

El comerciante incipiente, frecuentemente, desfallece frente a las situaciones que su propia inexperiencia le crea. Se sobrepone a ella recién cuando, merced a sus obligadas observaciones, sorprende detalles y conoce actuaciones que adquieren fundamental importancia al ser tenidas en cuenta en los futuros tratos dentro de lo que va siendo su especialidad: el comercio.

No se ha visto muchas veces que un criterio bien aplicado reporta tantos beneficios como el mismo capital? ¿El experto financista no tiene, acaso, un dominio parecería privilegiado, sobre las fortunas que administra? El empleado que por sus cualidades aventaja a sus compañeros hasta el punto de ascender en breve tiempo al cargo de jefe, ¿no evidencia poseer mayores recursos de orden mental y moral? Y, en general, todos aquellos que ponen de manifiesto un cuadro de comprensión más fecundo que el vulgar, ¿no se hallan en mejor situación debido a la diferencia de sus condiciones (ilustración, cultura, etc.)?

Fácilmente habrá podido percibirse a través de esta exposición, que lo que substancia el poder es el conocimiento; nos referimos al verdadero poder, no al falso convertido en omnímodo, arbitrario y absoluto, que pervierte el concepto de la autoridad y lanza en inmundo lodazal al sentimiento de la dignidad humana. Ese falso poder es, justamente, el que seduce a gran parte de los hombres: mandar con toda la crudeza del déspota, del libertino y el sanguinario; hacerse obedecer por todos, intensificándose el goce diabólico al obligar a someterse a los que, en todo sentido, están por encima de su condición. He ahí las más vergonzosas manifestaciones de egoísmo, egolatría y ansias siniestras de humillar al semejante hasta las más agudas expresiones del escarnio; he ahí en qué consiste el afán de muchos al buscar por todas partes “los poderes” que les harán, por vía de milagro, ubicarse tan codiciadas posiciones. Por ventura providencial, sólo en casos excepcionales parecería que los altos designios acceden a las pretensiones de esos desventurados que llevan en sus entrañas el estigma del horror y la desgracia. Son aquellos en que los pueblos deben ser castigados por su depravación.

El absolutismo del tirano encuentra allí el campo propicio para ejercer todas las funciones de sus perversas inclinaciones. ¿Y cómo no ha de tener la más tentadora oportunidad, el más avezado de los ambiciosos, el más ruin, miserable y temerario, si el pueblo mismo ha sucumbido ya bajo la nefasta influencia de la ebriedad concupiscente? ¡Puede sorprender, acaso, que un individuo así asuma el gobierno de un país que en visible decadencia ha perdido todo sentido moral, y que sin escrúpulos de ninguna naturaleza muestra el abismo de sus pasiones como si fuera un cráter abierto en las entrañas del mundo, por el que se vomitan las más espantosas deformaciones de la inteligencia mezcladas con las consecuencias de su estado de beodez psíquica? Ese tirano es quien preside luego, y para castigo suyo, el último instante, supremo siempre, en el que resucitan las dormidas fibras del alma y el género humano reclama, ungido de un elevado fervor de superación, el lugar de respeto y afecto que ocupó en el seno de su especie y que en su inconsciencia abandonó. Después de experimentar las desdichas de la oscuridad y sucumbir a las tentaciones de los falsos reflejos de la perversión, el hijo pródigo vuelve a reintegrarse a la gran familia humana que recibió el alumbramiento de Dios.

Hasta aquí hemos bosquejado a grandes trazos lo que vulgarmente puede comprenderse de la palabra poder en su relación íntima y directa con las ambiciones del hombre. A continuación vamos a exponer la concepción logosófica sobre el poder, tal como debe concebirlo la inteligencia humana en su más amplia y clara concepción.

Para la Logosofía, el poder es inseparable del conocimiento. Este, cualquiera sea su grado, es una expresión de poder y como tal, la manifestación de una fuerza. La fuerza resume la vida en sus tres caracteres esenciales: físico, moral y espiritual. La fuerza moral y la espiritual se resuelven en la conciencia; la física puede determinarse como fuerza bruta aunque puede ser inteligentemente adiestrada.

El poder, el verdadero y grande poder que hace posible la existencia de los demás como potencias auxiliares del entendimiento, el único, insuperable y eterno, es el que diseña en el alma los sublimes rasgos de su grandeza, y es, en definitiva, el que se forja en los grandes arcanos del conocimiento.

Uno de los primeros poderes que debe cultivar el hombre, es el de la reflexión. Es éste el que mediante su acción equilibrante y moderadora, asegura la eficacia de otros. Lleva a examinar sin mezquindad las propias actuaciones; a corregir los defectos y errores y a enmendar la conducta toda vez que sea necesario. Conduce a los pensamientos por el sendero de la cordura y la sensatez, haciendo que éstos definan sus alcances en la práctica, en lo factible y realizable, con lo cual, al apartarlos discretamente de la ficción, la ilusión y lo abstracto, se obtiene el beneficio bien grande, sin lugar a dudas, de no defraudar la propia confianza ni las esperanzas que se hubieren fundado en apoyo de los mismos.

El poder de la reflexión frena los ímpetus y las ligerezas, siempre arbitrarios porque se producen al margen de la razón y, por consiguiente, de todo juicio sereno. Tiene además la virtud de hacer al hombre cauto en sus resoluciones y consciente de sus responsabilidades.

¿Cuándo, acaso, ha sentido el hombre mayor dicha que en el instante de saber que puede; que puede hacer esto o aquello con el conocimiento, se entiende, de lo que quiere hacer? Muchas veces sucede que ese conocimiento se posee a medias, pero si quien lo emplea sabe aprovechar con ventaja los elementos que la experiencia le brinda, llegará con algún retraso, mas llegará y alcanzará el fin que se propuso.

La penetración, bajo los auspicios y asistencia de la voluntad, individualizándose en la observación y percepción, es otro poder de innegable valor. La observación allana y facilita el camino de la percepción; pero una y otra deben consubstanciar un solo y único resultado: la certeza. Si estas dos facultades se adiestran convenientemente en un ejercicio constante y metódico, librarán al servicio de la inteligencia la vía de comunicación más directa con los puntos hacia donde se quiera llegar.

El poder de la penetración recibe la gracia de su fuerza, de la inmanencia misma del conocimiento que actúa como agente causal. Nadie que esté en su sano juicio se internaría en el mar sin antes haberse preparado para el viaje y saber con qué fin ha de realizarlo. Tampoco penetraría en una selva virgen sin conocer primero cómo debe introducirse en ella, qué debe hacer allí y cómo ha de precaverse de los peligros que le acecharán.

Siempre tiene que existir una causa que enfoque la dirección de nuestros pensamientos.

Un ingeniero penetrará con mayor facilidad que cualquier otro los secretos de un puente o de una máquina, porque participarán de su penetración muchos conocimientos técnicos que hay en él. Con iguales ventajas se conducirán todos aquellos que hayan cultivado una especialidad.

En el terreno de la psicología no podría ser de otro modo, con la diferencia, eso sí, cuya fundamental importancia es dable apreciar, de que los conocimientos que se requieren son de diferente índole. Aquí es necesario saber, y saber mucho; nos referimos al cambio de jerarquía que asume la penetración al constituirse ya en un poder. Y lo es, desde que faculta el que se ha puesto en condiciones de ejercerlo, para penetrar en los escondrijos más inaccesibles de la mente humana, allí donde a los demás les es imposible llegar.

Nos extenderíamos mucho se tratásemos en este trabajo los numerosos poderes que están al alcance de las posibilidades humanas, pero hemos de volver sobre este tema, ya que conocemos bien el particular interés que habrá de despertar en nuestros lectores.

Séanos permitido agregar aún, que toda fuerza es fiel a su origen y su poder consiste en la unidad de su volumen. Sólo cuando se pretende desnaturalizar su carácter y su esencia, la fuerza entra en franca descomposición, sobreviniendo el caos allí donde debió existir la razón y la vida.