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Vamos a examinar el concepto relativo al vocablo “creencia”, por ser uno de los que más han entorpecido el curso evolutivo del hombre. En efecto, al inculcársele que basta creer para dejar satisfecho cualquier interrogante o inquietud interna, se lo ha llevado a admitir sin previo análisis, sin reflexión alguna, hasta las cosas más inverosímiles. Esa actitud pasiva de la inteligencia es la que ha sumergido al individuo en una desorientación en extremo lamentable. El caos moral y espiritual en que se halla la humanidad es de por sí muy elocuente y no se necesita ningún argumento probatorio para comprender la magnitud del desacierto en el manejo de su evolución.

La Logosofía ha instituido como principio que la palabra “creer” debe ser reemplazada por la palabra saber, porque sabiendo, no creyendo, es como el hombre alcanza de ser verdaderamente consciente del gobierno de su vida, es decir; de lo que piensa y hace. Por otra parte, el hecho de creer –bien lo sabemos– produce cierto grado de inhibición mental que entorpece y aun anula la función de razonar. Así es como el hombre queda expuesto al engaño y mala fe de quienes sacan partido de esa situación.

La creencia puede enseñorearse en la ignorancia pero es inadmisible en toda persona inteligente que sinceramente anhele el conocimiento de la verdad. Las gentes de cortos alcances mentales son propensas a la credulidad, porque nadie las ha ilustrado debidamente sobre los beneficios que representa para sus vidas el hecho de pensar y, sobre todo, de saber. Sensiblemente, forzoso es reconocer que una gran parte de la humanidad se halla en esas condiciones y padece la misma propensión. De ahí que desde tiempos remotos se explote su candidez y se la mantenga en el más lamentable oscurantismo.

Nadie podría sostener jamás, so pena de que se lo tenga por desequilibrado, que haya que privar al hombre de conocimientos para que sea feliz. Sin saber a ciencia cierta lo que la vida y su destino le exigen saber, ¿cómo podrá cumplir su cometido de ser racional y libre? ¿Cómo podrá satisfacer las angustiosas ansias de su espíritu, si se lo priva de la única posibilidad de colmarlas, o sea, de las fuentes del saber?

La única concesión posible al acto de creer, sin que invalide un ápice lo expuesto, es la que espontáneamente surge como anticipo del saber; vale decir, sólo habrá de admitirse aquello de lo cual no se tiene aún conocimiento, mas el tiempo mínimo que requiera su verificación por la propia razón y sensibilidad.